Había convicción no miedo, Esperanza Rascón sobre el 68

El año de 1968 fue medular para la historia reciente de diferentes países. En Estados Unidos, Francia, Japón y la entonces Checoslovaquia, surgieron diversos movimientos sociales que tenían como fin democratizar y universalizar la apertura hacia la verdadera igualdad en muchos aspectos, dentro del sistema capitalista de esos años. Pero lo importante de esos movimientos es que, a diferencia de otros, fueron más allá. Las protestas fueron protagonizadas por un sector que desde el mismo momento en que levantó la voz, se dio cuenta de su poder, pero ese mismo poder fue callado por los gobiernos del mundo. 

La Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968
La Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968.

México no fue ajeno a esa purificación de ideales y de energía. Un típico enfrentamiento entre estudiantes que fue reprimido por el cuerpo de granaderos del Distrito Federal, se hizo enorme, sacando a las calles a miles de inconformes de los diferentes centros de estudio del área metropolitana de la Ciudad de México. Exigieron no solo alto a la represión, sino una verdadera apertura democrática de las instituciones; también evidenciaron lo endeble que podía ser un régimen político que se sustentó en una demagogia revolucionaria que para ese momento estaba desgastándose.
Para esta entrevista, Esperanza Rascón ya espera afuera del Tlalpalcalli, la casa de los colores, que es la sede de su fundación Orfila Sejourné y que se encarga de preservar la memoria, no sólo de movimientos sociales, sino también la historia de los pueblos de la zona oriente del Estado de México. Municipios como Amecameca (lugar donde se realiza la entrevista) han estado en la mira de la fundación, rescatando esas historias que el tiempo parece tener en el olvido pero que son fundamentales para entender la situación actual de las personas y sus costumbres.
El motivo de esta entrevista es para conocer su opinión sobre los días de 1968, los triunfos, los fracasos, los días de fiesta, y el desgaste del movimiento, todo ello en boca de una mujer que formó parte activa del movimiento.
Al saludarla, me recibe con una sonrisa franca y mirada clara. Me invita a entrar al Tlalpalcalli y cruzamos la estancia del lugar, un poco oscuro por la hora y caminamos para salir hacia un amplio patio en donde hay una mesa con dos sillas; enfrente, un mural rememorando la historia de Amecameca. Nos sentamos, ella se levanta para buscar una cajetilla de cigarros y traer un cenicero. Enciende un cigarro, lo toma con su mano izquierda y Esperanza Rascón Córdova, con palabras firmes y fluidas, me dice «Empieza cuando quieras».

¿Cómo recuerda la situación de México en 1968?
Primeramente, en ese entonces no existía la palabra crisis económica. El sistema de seguridad social era eficiente y la mayoría de la población estaba asegurada. El crecimiento del país, en las ciudades como México, era acelerado. El sistema económico era mixto. Había muchas empresas paraestatales que se encargaban del petróleo, de la minería; estaban los Ferrocarriles mexicanos. Había inversión privada de mexicanos, estaba la empresa DINA que fabricaba autobuses. México tenía suficiente abasto de medicamentos, las farmacéuticas eran estatales.
Había un importante acceso a la educación. El país crecía a partir de ella. Se daba importancia a la historia, a la educación artística y a la educación cívica. Había teatros y casas de cultura de calidad. Y en general se vivía bien.
Pero como estudiantes, sentíamos que no había democracia. Que el régimen se había anquilosado. Por ejemplo, no se podía hacer crítica al gobierno, no había libertad de expresión. Sólo existía una cadena nacional de televisión. Sino te afiliabas al partido oficial, no había demasiadas oportunidades. En Chihuahua también se empezaba a tener una efervescencia importante en cuanto a lo político y social; un año después de que llegué a estudiar en la UACH, se dio el asalto al cuartel de Madera por Arturo Gámiz.

¿Cómo entró al movimiento estudiantil de 1968?
Como jóvenes, estábamos al pendiente de la situación internacional: la Guerra de Vietnam, el proceso revolucionario cubano, los movimientos guerrilleros en Colombia, Guatemala y El Salvador. Creíamos que el mundo tenía que arribar al socialismo, para que hubiera un verdadero sistema de justicia; creímos que podía instaurar en México.
Seguíamos múltiples corrientes socialistas. Éramos pro chinos o pro soviéticos. Pero uno de los muchos errores que cometimos fue no voltear hacia adentro del país para buscar la respuesta. Aunque leíamos a Valentín Campa, a Demetrio Vallejo, a José Revueltas, a los hermanos Flores Magón; siempre buscábamos las respuestas en Marx, Lenin y Mao.
Negábamos que la Revolución Mexicana haya sido social. No creíamos en esa democracia de estado. Otro de nuestros errores fue querer construir una revolución del proletariado. Tal vez fue ese nuestro más grande error.
A raíz de los acontecimientos surgidos por la confrontación entre prepas de la UNAM y el IPN con granaderos de la Ciudad de México, en la que hubo dos muertos, yo creí que mi deber era estar de lado de las demandas estudiantiles.

¿Cómo recuerda el desarrollo del movimiento? 
Todo comenzó con el enfrentamiento de dos escuelas de la UNAM y el IPN. Después hubo una marcha de alumnos del IPN para exigir la liberación de los detenidos de aquella ocasión y que cesara el hostigamiento a sus escuelas. Esa marcha coincidió con una que estábamos haciendo a favor de la revolución cubana, ellos iban para el Zócalo de la ciudad, yo iba con un compañero de la Escuela de Economía. Entonces decidimos unirnos al grupo de politécnicos que iban al Zócalo, pero no pudimos llegar. Nos enfrentamos a los granaderos a la altura de la calle Madero; pero no solo a ellos, también a grupos de choque que venían detrás de ellos. Es entonces que nos escondemos y salimos de ahí.
Al otro día nos enteramos del asalto a la Prepa Uno que estaba en lo que hoy es el Colegio de San Ildefonso, del enfrentamiento con los granaderos y del bazucazo a la puerta. El gobierno dijo que no hubo muertos y que guerrilleros se escondían en la preparatoria. Todo fue falso.
Después al final del mes de julio siguieron los enfrentamientos entre estudiantes y granaderos. Entonces se llama a huelga en todas las escuelas de la UNAM, del IPN, Chapingo y en la mitad de universidades de país.
A partir de la huelga, en cada escuela, facultad y preparatoria se formaron las brigadas, que fueron el motor del movimiento. Nos dirigíamos a la gente. Íbamos a los parques, a los mercados, a las fábricas. Hablábamos sobre el movimiento, sobre la falta de libertad de expresión, sobre la represión del régimen y las personas nos escuchaban, nos aplaudían. Recuerdo gran solidaridad de la población.
En las escuelas había asambleas permanentes. Los que íbamos a las brigadas, llegábamos por la tarde a las escuelas, expresábamos los sucesos, lo que nos había pasado, los sentimientos de la gente que nos escuchaba. Y por la noche, la asamblea general se reunía y tomaba determinaciones que al otro día nosotros teníamos que volver a informar a la población. Era un círculo, era lo más cercano que yo vi a la democracia.

Juventud mexicana de 1968.

Entre todo el trabajo que tenían. ¿Hubo días de fiesta?
Todos los días, recuerdo, fueron días de fiesta. En Ciudad Universitaria se cantaba mientras esperábamos las resoluciones. Tomaba mi guitarra y cantábamos temas de Violeta Parra y de Judith Reyes (creo que así se llamaba). A veces, como estaba en la Escuela de Arte Dramático, preparábamos las presentaciones que íbamos a dar en la calle.
No había miedo, había convicción revolucionaria, esa que implica libertad o vida. Creíamos que valía la pena estar ahí por la liberación de los demás. 

¿Cuál fue el momento que más recuerda de esos días de fiesta?
La marcha del silencio, sin duda. Salimos en silencio para evitar confrontaciones. En las marchas siempre llegábamos con un temor de no encontrar a mucha gente, pero de repente salían por todos lados y se llenaban las avenidas, Paseo de la Reforma por ejemplo. Pero en la del silencio solo se escuchaba el apoyo, los aplausos y los vítores de la gente que veía pasar la marcha.

¿Por qué el Movimiento comenzó a desgastarse?
Precisamente en la marcha del silencio se dio un caso que no se deliberó en las asambleas previas. El plan era llegar a la plancha del Zócalo, hacer el mitin y retirarnos. Pero Sócrates Amado Santos Lemus convocó a que nos quedáramos ahí hasta el día del informe presidencial. En la efervescencia todos dijeron que sí. Mi casa quedaba cerca del Zócalo, se me hizo fácil acudir por unas cobijas para poder guarecernos del frío y al regresar, ya estaban las tanquetas desalojándonos de la plaza. Al otro día se da el desagravio a la bandera por burócratas del Departamento del Distrito Federal.
Pocos días después, las autoridades toman de manera violenta Chapingo, la UNAM y el Poli. Y después de eso ya no hubo espacios, todo el equipo de imprenta se quedó en manos del gobierno. Empezaron las detenciones más violentas. Vino Tlatelolco, nunca nos imaginamos lo que iba a pasar y al final, el miedo se apoderó de todos.

¿Qué experiencias y enseñanzas le dejó el Movimiento Estudiantil?
Me deja la motivación de lo que creíamos: la libertad, la justicia, la democracia, el bienestar social, económico para todos, el querer transformar nuestra sociedad.
A partir de esa experiencia, empecé a estudiar los derechos democráticos y civiles de México para formar un grupo interdisciplinario y trabajar con comunidades indígenas. Formé mi fundación para precisamente preservar la memoria que a veces nos falta.
1968 fue un parteaguas que cambió mi vida personalmente y también la del país. Creo que uno de las aportaciones fue el surgimiento de diferentes mecanismos como LOPE, que se ha encargado de abrir al régimen a la participación multipartidaria.

¿Cómo percibe la situación actual del país, dista mucho de 1968?
En proceso económico somos una nueva colonia. Se extrae nuestros recursos para el beneficio de la inversión extranjera. No solo están extrayendo esa riqueza material, también la humana. Nos hemos hecho esclavos y se ha dejado de lado al trabajador creativo. Nos estamos viendo a los ojos de los colonizadores, otra vez.
Alguna vez escuché que ustedes querían olvidar el año de 1968.
Para nada. Eso forma parte de nuestra historia. Si algo no se debe olvidar es la historia, para no repetir ciertas situaciones.

Y por último, ¿cuál cree que fue la enseñanza que dejó 1968 para México?
200 años de independencia no es nada, todavía nos falta unificar una visión como pueblo. Integrar la pluriculturalidad, avanzar más en la formación del proceso democrático. Todavía tenemos una visión de país monárquico, en donde no nos atrevemos a participar, a exigir resultados.

Creo que el movimiento nos volvió a descubrir el país multicultural que somos, la convivencia que tenemos y la pertenencia de cada uno de nosotros. Nos deja de enseñanza el que debemos de apropiarnos de nuestros derechos. Que debemos seguir en una lucha social, que será larga, pero que al final nos dará un país libre, democrático y representativo.


Josué Flores Lara, soy escritor y periodista. Me gusta la literatura, el rock y el futbol. Colaboro en diversos proyectos culturales. Fundé la Editorial Perro Muerto, ahora, Diente de León, sello bajo el que publiqué la obra conjunta: «Encuentros».